Cómo el instinto, la información y una sola enfermera cambiaron la experiencia de nacer de mi hija.
Eran las 6 de la mañana cuando llegó la primera contracción: un cólico suave, casi familiar, de esos que no alarman a nadie, pero ya sentía que estaban pasando cosas.
Le escribí a mi ginecólogo, le escribí a mi doula y ambos me dijeron lo mismo: “tranquila, aún falta tiempo pero permanece atenta”.
Y eso hice, puse una serie (Los Reyes, maravillosa), comí, dormí por ratos (muy pocos ratos porque me despertaba mucho). No sabía que ese día comenzaría el proceso más intenso, más instintivo y más transformador de mi vida.
“El cuerpo no improvisa. El trabajo de parto tiene su propio ritmo, su propia lógica. Y si lo escuchas, te habla.”
El ritmo silencioso del trabajo de parto latente
Lo que viví durante casi 22 horas tiene nombre en obstetricia: fase latente del trabajo de parto. Las contracciones irregulares, aún tolerables, que van y vienen sin patrón claro. Para muchas familias, esta fase es la más desorientante porque parece que “nada está pasando”, y sin embargo, el cuerpo trabaja sin descanso.
Durante la fase latente, el cuello uterino se ablanda, borra y comienza a dilatar, procesos mediados principalmente por la oxitocina endógena y las prostaglandinas. La duración promedio es de 6 a 8 horas en primíparas, pero puede extenderse hasta 20 horas o más sin que eso indique ningún problema. Mantenerse en casa durante esta fase, en un entorno de calma, favorece la producción de oxitocina y evita intervenciones tempranas innecesarias.
Fuentes: ACOG / SMFM Clinical Practice Guidelines; StatPearls Publishing (NCBI): Normal Labor: Physiology, Evaluation, and Management y Physiology, Cervical Dilation; OMS: WHO Labour Care Guide.
Yo comí de todo, me bañé varias veces, usé la pelota de pilates, tomé agua. Mi pareja dormía plácidamente mientras yo gestionaba cada ola, tratando de no perder la paciencia porque el dolor no me dejaba dormir y tenía mucho sueño. A pesar de lo tranquilo que estaba el ambiente en casa, era imposible desconectarme del todo.
Cuando el cuerpo acelera: la transición que nadie ve venir
A las 4 de la mañana la cosa se puso seria; las contracciones se volvieron muy frecuentes y eran cada 5 minutos, duraban un minuto y ya no eran manejables sola. El dolor era cada vez más fuerte y gestionar el dolor ya no era tan fácil. Usaba la pelota de pilates entre contracciones y cuando venía la contracción apretaba una peinilla contra mi mano, aunque para este punto ya no sería de mucho.
Mi pareja me presionaba el hueso sacro durante la contracción y eso sí ayudaba un montón.
“La presión en el sacro activa mecanorreceptores que compiten con la señal de dolor en el sistema nervioso. No es magia. Es neurofisiología del parto.”
Le escribí a mis papás que ya tenía que ir al hospital y pensé que podía esperarlos, pero al minuto siguiente, en la siguiente contracción, empecé a pujar de forma involuntaria. El cuerpo tomó el mando completamente y tuvimos que hacer un cambio de planes.
El parto precipitado se define como aquel que dura menos de 3 horas desde el inicio del trabajo de parto activo hasta el nacimiento. Ocurre en aproximadamente el 1–2% de los partos y es más frecuente en multíparas, aunque también sucede en primíparas. El reflejo de Ferguson —el impulso involuntario de pujar cuando la presentación fetal desciende y ejerce presión sobre el piso pélvico— es mediado por el sistema nervioso autónomo. Cuando aparece, el cuerpo ya ha tomado la decisión.
Fuentes: Cunningham, F. G., et al. (Williams Obstetricia): sección de distocias por anomalías de las fuerzas expulsivas (parto precipitado); Suzuki, S. (2015). “Clinical Significance of Precipitous Labor”. Journal of Clinical Medicine Research, 7(3), 150-153; Uvnäs-Moberg, K. (2024). “The physiology and pharmacology of oxytocin in labor”. American Journal of Obstetrics and Gynecology (AJOG).
El taxi, la fuente rota y el taxista más tierno del mundo
El taxi más cercano estaba a 15 minutos, pero era la única opción. Cuando llegó, me dio una contracción tan fuerte que tuve que agacharme, el taxista abrió la puerta y me preguntó si estaba enferma. Le dije que estaba pariendo, y él, súper tranquilo:
“Tranquila, súbase,” dijo. Y con esa calma tan simple, me ayudó más que muchas cosas.
Se fue por otra ruta diferente a la que teníamos planeada, pero él la tenía clara. La calle por la que se supone que debíamos ir estaba súper congestionada, mientras que la ruta que tomó el taxista fue ideal (era hora pico y todo estaba repleto de carros).
A cinco minutos del hospital, rompí fuente. El miedo fue enorme, no quería tener a mi bebé en ese carro, pero el señor seguía hablándome tranquilo y amoroso: “Ya casi llegamos, tranquila, ya va a nacer, tranquila…” Ese tono lo recuerdo perfectamente.
Llegamos por fin al hospital. Mi pareja bajó corriendo, pagó el carro, bajó maletas, buscó silla de ruedas, habló con la vigilante, mejor dicho, lo hizo todo. En ese momento yo no podía hacer nada más que respirar y rogar que no naciera mi bebé antes de entrar al hospital, incluso pensaba en cómo recibir a mi hija en el carro, todo en cuestión de segundos.
La sala de reanimación: caos, gritos y una mano que me consintió la cabeza
Entramos por pediatría y me recibió una enfermera gritándome que pusiera los pies bien en la silla de ruedas, y recuerdo muy bien mi miedo a la violencia obstétrica (algo muy presente y latente en nuestro país y Latinoamérica), y no hacía más que repetirle a la enfermera que por favor no me tratara mal y no me hablara feo. A pesar de estar en un momento tan animal, lo único que me preocupaba era que me maltrataran.
Había unos quince enfermeros. Unos decían una cosa, otros otra: que me quitara toda la ropa, que no, que me canalizaran, que ya no había tiempo. Gritos de todos lados, y yo, en pleno expulsivo, pedía que no me gritaran.
Esto es algo que en Cunamor hablamos con claridad: el ambiente emocional durante el parto no es accesorio, es parte del proceso fisiológico.
En América Latina, la violencia obstétrica es una problemática sistemática: el UNFPA estima que el 43% de las gestantes sufre maltrato institucional, manifestado principalmente en violencia verbal y una medicalización excesiva que eleva la tasa regional de cesáreas a cerca del 50%, vulnerando de manera desproporcionada a las poblaciones más jóvenes e indígenas.
La investigadora Sarah Buckley ha documentado extensamente cómo las catecolaminas —adrenalina y noradrenalina— liberadas ante el miedo o el estrés pueden ralentizar o interrumpir las contracciones uterinas. El cuerpo en amenaza percibida entra en modo de defensa, no de apertura. Un entorno hostil, con gritos o presión, puede literal y fisiológicamente dificultar el progreso del parto.
Yo no quería pujar si me gritaban, y sabía (gracias a la preparación que recibí) que debía esperar a tener una contracción para hacerlo, ya que si lo hacía simplemente siguiendo la orden, había riesgo de desgarros y otras complicaciones. No era capricho.
Y entonces pasó algo hermoso. Una enfermera muy joven se acercó, se agachó a mi nivel y me dijo con voz baja: “Están todos muy locos y gritando, pero te estamos cuidando. Estás bien.” ¡Eso lo cambió todo! Otro enfermero me consintió la mano, me acarició la cabeza.
“Una sola persona que te mire a los ojos y te hable con calma puede ser la diferencia entre sentirte sola y sentirte acompañada. Incluso en una sala llena de gente.”
Dos pujos. Y ella llegó.
No quería pujar sin mi pareja, él tenía que estar en el momento más importante de su vida y la mía. Estaba registrándose. Lo llamaron a gritos desde adentro y entró corriendo, con su ropa normal (claramente no hubo tiempo para cambiarse) temblando, y puso sus manos en mi cara mientras trataba de “calmarme” diciendo: “Ya va a nacer, amor, nuestra hija va a nacer, eres muy fuerte”. Y lo recuerdo como algo chistoso, porque la más calmada ahí era yo.
Llegó la contracción. Pujé. Salió la cabeza. Sentí un ardor muy soportable. En la siguiente, salió el resto de su cuerpito.
Nació en dos pujos.
Pedí que no me hicieran episiotomía (el corte que se realiza en el periné para ayudar a nacer al bebé) y aunque me respondieron que lo harían si era necesario, no lo fue.
Lo que este parto me enseñó —y lo que nos enseña a todas
No fue el parto que imaginé. Fue mucho más salvaje, más rápido, más fuera de control. Y también fue perfecto de una manera que no esperaba.
Hay cosas que hice “bien” según la evidencia sin saberlo del todo en ese momento. Y hay cosas que quisiera haber tenido más claras antes. Por eso cuento esto.
- Quedarme en casa durante la fase latente probablemente permitió que mi oxitocina trabajara sin interrupciones. Mi doula tenía razón al decirme que esperara.
- El movimiento y la pelota de pilates no son rituales. Facilitan el descenso y la rotación fetal. La física importa.
- La presión en el sacro que hacía mi pareja es una técnica con respaldo científico. Aprendimos eso juntos antes. Vale la pena aprender.
- El ambiente emocional importa. Una sola persona que te hable bien puede cambiar tu experiencia completamente. Y una que te grite, también.
- Pedir lo que quieres tiene valor, aunque no siempre puedas controlarlo todo. Yo pedí que no me cortaran. No me cortaron.
- El cuerpo sabe. Pujé sin que nadie me lo dijera. Llegamos al hospital sin tiempo para nada. Mi cuerpo llevaba el proceso, yo solo tenía que seguirlo.
Una última cosa
Hay mucha información sobre el parto que circula en redes, en grupos de WhatsApp, en las historias de familia. Parte de esa información ayuda. Parte genera más miedo del necesario.
Lo que cambia la experiencia no es que todo salga como lo planeaste. Es llegar con herramientas reales: saber qué está pasando en tu cuerpo, tener a alguien que entienda el proceso a tu lado, conocer tus derechos, saber cómo manejar el dolor, entender cuándo ir al hospital y cuándo esperar.
Eso es exactamente lo que construimos en Cunamor. No para que tu parto sea perfecto. Para que lo vivas tuya.
Prepárate con información real, no con miedo
En Cunamor acompañamos familias gestantes con evidencia, calma y profesionales que te respetan. 8 sesiones virtuales para llegar a la llegada de tu bebé con claridad.
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